sábado, 1 de septiembre de 2012

Makassar, Solo y días de viaje

14-21/08/2012 – Makassar, Solo y días de viaje.

¡De vuelta en Java! Teníamos nuestro billete de salida del paraíso, llamado Sulawesi, el 27 de agosto. Como nos acostumbra a pasar, recorrimos la isla más rápido de lo calculado. Llegamos a Makassar, la ciudad más al sur, de madrugada. Sabíamos que nuestros amigos, Karla y Gui, estaban hospedados en el New Legend Hostel; así que hacia allí dirigimos nuestros pasos. La mayoría de hostales baratos en Makasar se encuentran en Chinatown, aunque si no fuera por el letrero que lo anuncia, nadie lo adivinaría. Las ciudades son extrañas de madrugada. Los recepcionistas duermen en los sofas, sillas o en el suelo, mientras suponemos que desean que ningún posible cliente asome por ahí, despertándole. Hay hostales que hasta hay varios... ¡Es curioso de ver! En el new legend nos dijeron que estaba lleno, aunque al día siguiente al hablar con la dueña, se quedó pasmada que nos dijeran tal cosa. Cosas de los recepcionistas nocturnos. Lleno, a veces, significa menos trabajo, con lo cual, más tiempo de sueño. ;D
Al final, después de recorrer algunos de los hostales más cutres encontrados hasta el momento, encontramos una habitación decente a un precio no exageradamente desorbitado. Nuestro propósito en Makasar era uno: cambiar el billete de vuelta.
En las condiciones de nuestro billete se especificaba que el cambio de nombre no era posible, con lo que se daba a entender que el resto de cambios sí. ¡Ai, que equivocados estábamos! La frase de los trabajadores de Lion Air era: ”Los cambios de ruta no son permitidos. Normas de la compañía.” Y de ahí no los sacabas. Nosotros no estábamos de acuerdo. La normativa en nuestro billete era clara. Era el cambio de nombre el que no era permitido. A los que me conocéis bien, sabéis que cuando quiero algo, puedo llegar a ser muyyyy pesada. Después de conversar con el empleado, sentado al otro lado de la mesa, mantener un par de tensas conversaciones telefónicas, que hablaran con la central de Jakarta y pasadas unas dos horas, ¡lo conseguimos! Cambio de destino y de fecha. ¡Perfecto! Al día siguiente embarcábamos de vuelta a Java.

Aprovechando que estábamos en Jakarta, a escasos días del día de la Independencia, pensamos en quedarnos y ver qué es lo que sucedía. Al parecer, al acercarse el fin del Ramadhán, la ciudad se quedaba vacía. La gente volvía a sus pueblos de origen para disfrutar de la familia. Todo nuestro gozo en un pozo. Cuando fuimos a la estación de trenes a reservar el billete para el día siguiente, la situación no mejoró. La estación estaba llena de cajas y bolsas acompañadas por gentes. Y en la taquilla, nos informaron que no habían billetes, a excepción de 1ª clase, hasta el día 23. Seguían las malas noticias.

Desanimados volvimos al hostal. Cenando entablamos conversación con el propietario del hostal. Nos sugirió que habláramos con el jefe de estación y le comentásemos nuestra situación. El punto de inflexión recaía en darle pena. Dijo que siempre guardaban algunos asientos y que si conseguíamos, que el dios poderoso de los trenes, sintiera lastimilla por nosostros, la batalla estaba ganada. Cuando llegamos al día siguiente, obviamente, nos dijeron que no podíamos hablar con el jefe de la estación. Así que sólo nos quedaba la opción de marear a los pobres empleados que lidiaban con la situación, para conseguir nuestro pasaje. Después de dar vueltas, preguntar a unos y otros, nos acomodamos en la oficina de atención al cliente. Con aire acondicionado siempre se piensa mejor. Esa batalla era dura. No teníamos nada que ofrecer a cambio, pero necesitábamos salir de Jakarta. Nos sentamos delante del empleado y le expusimos nuestro problema. Su solución era clara: comprar unos billetes de primera clase. Después de explicarle que eso no era una opción, le pedimos que buscara otras alternativas. Él iba lidiando con nosotros, a la vez que atendía a otros pasajeros, imaginamos con problemas reales. Se fue, volvió, se volvió a ir, y volvió a volver; y nosotros seguíamos allí. Nos sentíamos como la madre del Macaulay Culkin en Solo en casa, intentando desesperadamente encontrar una forma de volver a casa. Al final, nos encontró un par de asientos en un tren a Yogyakarta que partía en 40 minutos desde otra estación. ¡Corre! Cuando llegamos a la otra estación, el espectáculo era desolador. Cientos de personas abarrotaban toda la estación. Avanzar un par de metros era una misión napoleónica. Allí nos aprovechamos de nuestro estatus de turistas. Fuimos a un policía y le explicamos nuestra situación: necesitábamos comprar los billetes y llegar al andén para salir en menos de 10 minutos. Nos guió por los entresijos de la estación, nos coló de unas 30 personas y nos metió en la oficina de atención al cliente. Allí indicó al empleado, que tenía que atendernos a nosotros primero. Se lo agradecimos profunda y verdaderamente y se fue. El empleado nos vendió los billetes mientras nosotros no dejábamos de mirar el reloj. Tic-tac-tic-tac-tic-tac. En menos de 4 minutos el tren se iría sin nosotros. Cuando salimos con nuestros billetes, las personas de la cola nos miraban con cara de pocos amigos. Lógico. Yo no pude contener sus miradas de reproche, así que cobardemente bajé la cabeza.

Para llegar al anden, otra vez las colas imposibles. Me preguntaba cuánto tiempo antes se presentaban las gentes de este lugar en la estación para coger un tren. Nos volvimos a dirigir al policía de turno. Éste no sintió tanta veneración por nosotros. Creíamos que hasta ahí habíamos llegado. Pero pasados unos minutos, pararon a toda la gente que intentaba entrar y nos hicieron un pasillo hasta la entrada. Corrimos escaleras abajo y escaleras arriba y, finalmente, llegamos al andén. El andén era digno de ver. Abarrotado de gente por el suelo, cualquier ocasión es buena para echarse una siestecilla, pensábamos que lo habíamos perdido. Mirábamos el reloj y el andén. ¿Por qué no había ningun tren ahí cuando era la hora de salida? Miramos a nuestro alrededor y le preguntamos a una chica que nos confirmó que el tren se retrasaba. Al final, el tren salió con más de una hora de retraso. Cosas de Indonesia.

Por una vez, los turistas ganamos. Normalmente pagamos en todo el doble o más. Debemos pelear los precios y aguantar que, absolutamente a cada momento del día, nos quieran estafar con x servicio. Que te desinformen sólo para informarte que su pariente de turno te puede ayudar... Y que te mareen sólo para conseguir quedarse contigo como cliente. Así que, tampoco nos sentimos tan mal. A nuestro parecer, era la otra cara de la moneda.

Finalmente llegamos a Yogyakarta y de ahí a Solo donde queríamos visitar unos templos hindús en honor a la fertilidad: Candi Cetoh y Candi Sukuh. Los templos sin más y la ciudad también. Nos alojamos en Paradiso homestay. Un escenario digno de El Resplandor. Una enorme casa con suelos y paredes blancos, llena de habitaciones vacías. Quizás, en total, habrían unas 30 habitaciones y los únicos huéspedes: nosotros. Cuando recorríamos Solo, el escenario no mejoraba. Estaba lleno de “oficinas de turismo”, restaurantes con cartas en inglés y otro tipo de comodidades para guiris, pero faltaban los guiris. Como ya nos ha pasado en otras ocasiones, dudamos que los de la Lonely hayan estado de verdad por aquí.

Todo cerraba por Ildu Fitri (fiesta del fin de Ramadhán), hasta la lavandería que nos aseguró que tendría nuestra ropa para ese día. Bien... cosas que pasan. Cuando dijimos en el hotel que nos quedaríamos una noche más, para nuestra sorpresa, nos dijeron que no. Hasta los hoteles cerraban. Ahora sí estábamos jodxxxx. Al final, mala suerte, buena suerte... ¿Quién sabe? Resultó ser un brillante contratiempo. Pasamos a alojarnos en otro hostal, con un precio algo más elevado, pero con piscina. ¡El primero hasta el momento! También era de gigantes proporciones y ocupaba varias construcciones dentro del mismo recinto. Pero a diferencia del otro, éste estaba adornado con muebles javaneses y delicado gusto. Había una habitación de música y una pequeña torre que tenía una terraza apta para relajarse, con buenas vistas. Los desayunos eran buenos y el personal majísimo. Quién diría que el otro es el que se llama Paradiso.

Durante todo el tiempo que duró el Ramadhán, a excepción de las partes cristianas de Indonesia, las calles se habían vuelto tranquilas. Con el Idu Fitri, la tranquilidad se convirtió en soledad y nosotros en los únicos peatones, en calles desiertas con todas las tiendas cerradas. Indonesia cerró para rezar y estar con la familia, como España cierra en Agosto o en Navidad. Y después, todo se volvió a inundar de gente y actividad. Volvieron los puestos callejeros, la gente comiendo a cualquier hora y las calles se llenaron de olores por doquier. 

Besos y abrazos!!!

P.D. A aquellos que hayáis tenido la determinación de leer entera esta entrada, os pido disculpas por el rollazo... Cosas de no escribir en mucho tiempo, que lo coges con ganas! ;P







 

1 comentario:

  1. Hola chicos! me alegro que sigais tan bien y viviendo aventuras. Hasta pillar un billete o conseguir una guest house es una aventura tanto como un trekking,jejeje. Nosotros estamos en Bangkok, hemos terminado nuestra etapa en Indonesia. Saludos de Jairo y mios!!!
    PD: Patricia, para editar las fotos y cambiarlas de tamaño etc.. cuando realices la entrada , pincha la foto al colocarla y se te abre las opciones. ;-)

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