¡Bienvenidos al norte! Aquí sí
se cumple aquello de: “Tailandia es el país de las sonrisas”.
Será porque la mayoría de los que viven aquí tienen orígenes
tribales o porque el clima es menos sofocante o porque simplemente,
todavía no odian a los turistas: o por lo menos, no los ven como
billetes de dólares andantes. Sea por lo que sea, ¡nos gusta!
Después de unas cuantas horas
de tren, mejor no recordar cuántas, llegamos a Chiang Mai. Vinimos
con los deberes hechos, para variar, y la reserva de las camas en un
dormitorio. El hostal era muy chulo, moderno, con un patio trasero
con una mesa de billar y uno delantero, que apenas nadie utilizaba.
La recepción siempre estaba repleta de mochileros leyendo, hablando
entre ellos, comiendo y la mayoría, enganchados a su móvil o
portátil chequeando sus facebooks o mail.
A Chiang Mai vinimos para ver el
Loi Krathong. Un festival ancestral donde antiguamente se veneraba al
río y al cielo, pidiéndoles perdón por el maltrato recibido
durante el año. Ahora la mayoría somos guiris intentando tirar
nuestro farolillo, pidiendo un deseo. Pero igualmente, es igual de
impresionante. Todos habréis visto la típica foto de Tailandia, con
el cielo lleno de farolillos ardiendo. Pues eso es justamente lo que
vinimos a ver. ;D
Los dos primeros días en Chiang
Mai estuvimos visitando algunos templos y paseando por la parte
antigua. Roberto era puro entusiasmo. Aquí se veía la diferencia.
Nosotros veíamos un templo y ya nos entraba la pereza. Él, en
cambio, no veía momento para dejar de fotografiar a todo y todos
(¡pobre cámara!).
Y así llegó el gran día. Al
principio, no queríamos tirar ninguno, pero aquello engancha. Al
final, acabamos tirando dos cada uno y uno entre los tres. Tuvimos un
descarrile, pero el resto fue bien. Los tres éramos pura emoción.
Ixai, tan impaciente como siempre, fue el primero en tirarlo. Rober
no cesaba de repetir que como se le fuera su farolillo al río, él
se tiraba detrás. Aunque lo primero lastimosamente sucedió, lo
segundo no. Algunas “promesas” es mejor no cumplirlas. :))) Y
yo, histérica y patosa como habitual, parecía que tuviera dos manos
izquierdas. Pero, al final, los tres tiramos nuestros farolillos,
pedimos nuestros deseos y hicimos millones de fotos para aburriros.
¡Fue una gran noche! Literalmente, el cielo estaba iluminado por los
deseos de la gente.
Pai fue otra historia. Nuestra
intención aquí era alquilar una moto y visitar los alrededores. El
primer día llovió, así que mientras Ixai y yo veíamos pelis y
jugábamos al parchís: Rober, gracias a los avances de la
tecnología, (hasta aquí puedo escribir) fue a socializar. Al caer
la noche, un nuevo amigo de Roberto, nos invitó a su hotel (¡y que
hotelazo!). Bebimos vino, nos contaron cosas de Tailandia, conocimos
a gente muy curiosa y volvimos a casa más contentos de lo habitual.
Al día siguiente, después de
un super desayuno por el cual insistí durante dos días (había un
croissant de jamón y queso que me llamaba a gritos), fuimos a coger
la moto. Este día sí nos acompañaba el tiempo, pero con tanto
calor, el tubing se cruzó en nuestro camino. ¿Y qué es el
tubing? Pues basicamente, te tiras por el río sentado en un
neumático gigante. Intentas, sin mucho éxito la mayoría de las
veces, ir por el medio del río sin tocar piedras ni que te toquen
las ramas. Eso sí, la diversión está asegurada. Y así, sin darnos
apenas cuenta, sin ver lo que habíamos venido a visitar, pasaron los
días en el norte.
Nuestros pasos se dirigen hacia
el sur. Última parada: Koh Tao.
¡¡Besos y abrazos!!
he aquí Roberto ;) |
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