domingo, 9 de diciembre de 2012

Chiang Mai y Pai

¡Bienvenidos al norte! Aquí sí se cumple aquello de: “Tailandia es el país de las sonrisas”. Será porque la mayoría de los que viven aquí tienen orígenes tribales o porque el clima es menos sofocante o porque simplemente, todavía no odian a los turistas: o por lo menos, no los ven como billetes de dólares andantes. Sea por lo que sea, ¡nos gusta!
Después de unas cuantas horas de tren, mejor no recordar cuántas, llegamos a Chiang Mai. Vinimos con los deberes hechos, para variar, y la reserva de las camas en un dormitorio. El hostal era muy chulo, moderno, con un patio trasero con una mesa de billar y uno delantero, que apenas nadie utilizaba. La recepción siempre estaba repleta de mochileros leyendo, hablando entre ellos, comiendo y la mayoría, enganchados a su móvil o portátil chequeando sus facebooks o mail.
A Chiang Mai vinimos para ver el Loi Krathong. Un festival ancestral donde antiguamente se veneraba al río y al cielo, pidiéndoles perdón por el maltrato recibido durante el año. Ahora la mayoría somos guiris intentando tirar nuestro farolillo, pidiendo un deseo. Pero igualmente, es igual de impresionante. Todos habréis visto la típica foto de Tailandia, con el cielo lleno de farolillos ardiendo. Pues eso es justamente lo que vinimos a ver. ;D
Los dos primeros días en Chiang Mai estuvimos visitando algunos templos y paseando por la parte antigua. Roberto era puro entusiasmo. Aquí se veía la diferencia. Nosotros veíamos un templo y ya nos entraba la pereza. Él, en cambio, no veía momento para dejar de fotografiar a todo y todos (¡pobre cámara!).
Y así llegó el gran día. Al principio, no queríamos tirar ninguno, pero aquello engancha. Al final, acabamos tirando dos cada uno y uno entre los tres. Tuvimos un descarrile, pero el resto fue bien. Los tres éramos pura emoción. Ixai, tan impaciente como siempre, fue el primero en tirarlo. Rober no cesaba de repetir que como se le fuera su farolillo al río, él se tiraba detrás. Aunque lo primero lastimosamente sucedió, lo segundo no. Algunas “promesas” es mejor no cumplirlas. :))) Y yo, histérica y patosa como habitual, parecía que tuviera dos manos izquierdas. Pero, al final, los tres tiramos nuestros farolillos, pedimos nuestros deseos y hicimos millones de fotos para aburriros. ¡Fue una gran noche! Literalmente, el cielo estaba iluminado por los deseos de la gente.
Pai fue otra historia. Nuestra intención aquí era alquilar una moto y visitar los alrededores. El primer día llovió, así que mientras Ixai y yo veíamos pelis y jugábamos al parchís: Rober, gracias a los avances de la tecnología, (hasta aquí puedo escribir) fue a socializar. Al caer la noche, un nuevo amigo de Roberto, nos invitó a su hotel (¡y que hotelazo!). Bebimos vino, nos contaron cosas de Tailandia, conocimos a gente muy curiosa y volvimos a casa más contentos de lo habitual.
Al día siguiente, después de un super desayuno por el cual insistí durante dos días (había un croissant de jamón y queso que me llamaba a gritos), fuimos a coger la moto. Este día sí nos acompañaba el tiempo, pero con tanto calor, el tubing se cruzó en nuestro camino. ¿Y qué es el tubing? Pues basicamente, te tiras por el río sentado en un neumático gigante. Intentas, sin mucho éxito la mayoría de las veces, ir por el medio del río sin tocar piedras ni que te toquen las ramas. Eso sí, la diversión está asegurada. Y así, sin darnos apenas cuenta, sin ver lo que habíamos venido a visitar, pasaron los días en el norte.
Nuestros pasos se dirigen hacia el sur. Última parada: Koh Tao.
¡¡Besos y abrazos!!
he aquí Roberto ;)












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